domingo, 24 de abril de 2011

De drogas, violines y un sábado a la tarde.

Habíamos quedado en encontrarnos con una amiga en la plaza de Florencio Varela, el barrio que me vio crecer. Yo llegué primero, así que la esperé en la esquina en cuestión.
A unos cincuenta metros de mí, se venía acercando un chico con un estuche de violín en sus hombros. Detrás de él, siguiéndolo, venían seis gendarmes. El chico no era consciente de que los uniformados lo seguían.
Cuando el muchacho llega a la altura donde yo me encontraba, uno de los gendarmes le dice desde atrás: - Alto, amigo. ¿Qué tenés en el estuche?
Ahí me avivé de todo. Los gendarmes sospechaban que el pibe tenía droga en el estuche. Lo iban a parar e iban a pedirle que lo abra. Y el único gil que estaba a mano para salir de testigo del procedimiento era yo. Ya me veía yendo a declarar a la comisaría. Un bajón.
- Tengo un violín, dijo el chico.
- A ver, mostrános, ordenaron los gendarmes.
El pibe abrió el estuche y, efectivamente, había un violín dentro. Respiré aliviado. No iba a tener que perder parte de mi sábado en una comisaría.
Los gendarmes revisaron el interior del estuche, pero el instrumento musical era lo único que había.
Uno de los uniformados, visiblemente desilusionado por la ausencia de evidencia incriminatoria contra el joven, le pidió: - ¿Te sabés tocar el bolero de Ravel?. Sin responder, el muchacho se puso el violín a cuestas y la dulce melodía de la pieza solicitada por el gendarme comenzó a sonar. Los gendarmes aplaudieron.
Yo pensaba "ésta es una de las ocasiones más bizarras que tocó presenciar". Pero había más.
Después de pedirle "Por una cabeza" y volverlo a aplaudir, uno de ellos me miró y me dijo: - ¿Vos querés escuchar algo?. Asentí con la cabeza y pedí "La primavera", de Vivaldi. El muchacho comenzó a ejecutarla. A lo lejos vi venir a mi amiga. Saqué cinco pesos de mi billetera y los tiré en el estuche que había quedado abierto en el piso de la plaza. Todos rieron. El momento pasó de ser la investigación de un supuesto delito a la distendida escucha de música al aire libre. Miré a los gendarmes y les dije: - Este momento fue mucho mejor de lo que pintaba, ¿no?. Asintieron de manera cómplice. Agregué: - A ver cuánto le dejan ustedes, ¿eh?.
Me alejé para ir a saludar a mi amiga.

martes, 19 de abril de 2011

Filosofía barata y zapatos de goma

Todos los días voy en subte hacia mi trabajo. Bajo en estación Callao y camino por esa avenida unas ocho cuadras hasta la oficina.
Obligatoriamente, tengo cruzar por un par de avenidas importantes como lo son Córdoba y Corrientes. Quienes han circulado por la ciudad de Buenos Aires, saben que es importante prestar atención al cruzar porque algún colectivo, taxi, moto, bicicleta o coche particular te puede llevar puesto. Es una ciudad caótica en lo que a tránsito respecta (y no sólo en ese aspecto, pero ahora no viene al caso).
Ahora bien, hoy a la mañana, apenas salí del subte, comencé a ocupar mi mente en pensamientos tales como cuándo voy a llevar la ropa al lavadero, cómo resolver un tema del trabajo que me tenía preocupado, qué regalarle a un amigo que cumple años dentro de pocos días y cuestiones por el estilo. Cuando me quise dar cuenta, estaba a apenas una cuadra de mi trabajo. Obviamente, hice el mismo camino de siempre y crucé las mismas avenidas de todos los días, sin embargo, no recuerdo haberlo hecho.
Mi mente estaba en otro lado mientras mi cuerpo se dedicaba a eludir transeúntes, parar en las esquinas, cruzar mirando que no vengan autos y cosas por el estilo. Pero realmente no recordé, pese a que lo intenté, cuándo -por ejemplo- crucé avenida Corrientes. Ni siquiera puedo decir si en mi camino se cruzó alguna chica linda o algún policía o alguna marquesina teatral anunciaba una obra interesante.
Y ahora es cuando viene mi pregunta filosófica: ¿realmente hice el camino de todos los días o desaparecí del mundo corpóreo y recién volví a aparecer cuando tomé conciencia de que me estaba dirigiendo a mi trabajo?
La lógica indica que estaba muy ocupado en mis pensamientos y que caminé varias cuadras en "piloto automático". Pero lo único que nos da la prueba de que algo en nuestro pasado efectivamente sucedió es el recuerdo que tenemos de ese algo. Como yo no recuerdo nada de mi caminata de hoy, tal vez no haya existido.
¿Ustedes qué opinan? ¿A alguno le pasó una situación como la que estoy describiendo o solamente yo soy capaz de abstraerme tánto en mis propios pensamientos?