miércoles, 24 de marzo de 2010

Contraseñas

Las diversas tecnologías nos obligan a utilizar diariamente passwords o contraseñas para acceder a distintos servicios. La casilla de correo electrónico (los que tienen solamente una), el cajero automático, las páginas de internet a las que uno se suscribe y nuestra propia identidad blogger son algunos ejemplos de situaciones en las que uno debe digitar una contraseña previo a tener acceso. Las contraseñas son el equivalente tecnológico a esas películas de espías de los años 70´en que el protagonista no podía pasar por la puerta sino le decía al guardia algo así como "La puerca está resfriada".
Asimismo, ante las reiteradas veces por día que debemos marcar una clave, están los que usan la misma para todos los servicios que la solicitan y los que tienen una diferente para cada situación. Claro está que utilizar passwords diferentes aumenta el riesgo de que olvidarlas; con los consecuentes problemas que eso conlleva.
Ahora bien, a la hora de decidir la contraseña a utilizar, se puede vislumbrar la clase de persona que se esconde tras ella.
Están los que usan nombres de seres queridos, tales como sus parejas o hijos. Se trata de individuos previsibles y conservadores. Nunca nos sorprenderán ni se jugarán por algo inesperado. Conviene tenerlos de amigos si uno sufre del corazón, ya que no depararán ninguna sorpresa que pueda producirnos un infarto.
También hay personas que utilizan claves alfanuméricas, es decir, con letras y números. Tipos excesivamente complicados; laberínticos y misteriosos. De esos que contestan de manera rebuscada a una simple pregunta. Por ejemplo, cuando les preguntan la hora, no dicen "Dos y treinta y cinco" sino "Tres menos veinticinco".
Mis favoritos, sin embargo, son aquellos que eligen como contraseña una palabra inventada por ellos. Esos que no circunscriben su libertad a las limitaciones que los idiomas imponen sino que se saben lo suficientemente libres como para inventar una secuencia de letras y utilizarla como palabra de acceso. Individuos que piensan "Es mi casilla de mail, y si le quiero poner como contraseña "crustízafod", la pongo. Total es una palabra que no comparto con los demás". Esta clase de personas son las que no se dejan limitar por imposiciones externas y que son conscientes que en su intimidad cualquier cosa es admisible. A ellas, mi homenaje.
(Como verán, el tema de las contraseñas no fue más que una excusa para destacar un tipo de personalidad que me cae simpática)

martes, 16 de marzo de 2010

Ellos

Ella se tomaba todos los días el tren desde el sur del conurbano hasta la estación Constitución para ir a su modesto empleo. Él no salía de su casa de San Isidro si el BMW no estaba lavado.
Ella había sufrido muchísimos desengaños amorosos por tipos que sólo querían tener relaciones sexuales y salir corriendo. Él buscaba enamorarse de verdad y estaba harto de la trivialidad de las mujeres que lo rodeaban.
Ella tenía una personalidad alegre y espontánea. Él necesitaba un poco de chispa en su vida ante tanta monotonía.
Ella quería tener una conversación culta de vez en cuando. Él está leyendo la bibliografía completa de Borges.
Ella necesitaba un hombre que la proteja. Él estaba dispuesto a exponer su propia vida por aquello que consideraba importante.
Sin conocerlo, ella deseaba fervientemente que alguien como él la ame. Sin conocerla, él soñaba que alguien como ella apareciera para sacarlo de la mediocridad cotidiana.
Ese día, ella fue enviada por su jefe a hacer un trámite. Mientras caminaba por Avenida de Mayo preguntándose cuándo conocería a alguien que valiera la pena, él se dirigía en sentido contrario por la misma vereda. El sol brillaba en el cielo como si quisiera darle un marco lumínico a la escena y una tenue brisa movía sus cabellos. Entre las muchas personas que circulaban por la ciudad, sus rostros se encontraron de frente. Ella lo miró. Él la miró. Fue entonces cuando...

siguieron sus respectivos caminos y ni si hablaron.

jueves, 4 de marzo de 2010

Piropos

Mientras almorzábamos con mis compañeros de trabajo, surgió el tema de los piropos que ciertos hombres le propinan a las damas en la vía pública.
La gran mayoría de las féminas se queja de los obreros de la construcción, quienes aprovechan el hecho de que están siempre en grupo y generalmente a una altura distante de la dama a quien le propinan groserías más que halagos. No es extraño ver pasar por delante de una obra en construcción a una señorita que recibe gritos de la índole de "¡Mamita, si te llego a agarrar te ****** mientras te froto las ********** contra mi ********* hasta llegar al momento en que tu ******* se derrita como un helado y después te ******* tánto que te la dejaría más grande que una sandía !" Resulta claro que difícil será que la dama otorgue una respuesta alentadora después de tamaño improperio, así que apartemos del análisis a esta clase de insultos. Aunque es de destacar que no pocas mujeres pasan cerca de albañiles sólo para que les griten alguna cosita que no les dice la persona que realmente quisieran que se las diga.
Otros optan por intentar que la señorita esboce una sonrisa diciendo algo gracioso. De esta manera logran que ella baje la guardia unos instantes.
También están los que se hacen los románticos, pretendiendo así que la dama se sensibilice.
Lo cierto es que sea cual sea la modalidad adoptada, tanto quienes gritan groserías como quienes recitan poemas buscan lo mismo: ser aceptados por la mujer a la que dirigen sus frases.
Sin embargo, Alejandro Dolina sostiene que algunos hombres no dicen piropos con ese fin sino que no buscan otra cosa más que satisfacer "duendes interiores". Según él, el tipo no pretende levantarse a la mina sino que le alcanza con decir algo frente a su belleza. Hacerle saber que su presencia no es indiferente es todo lo que quiere lograr ese hombre. Para colmo, el máximo efecto que suelen causar esas frases nunca es percibido por el piropeador. Me refiero al momento en que la chica hablará con sus amigas y les contará "No saben lo que me dijo hoy un divino en la calle"
Debemos admitir que son muy pocas las historias de amor que comienzan con un hombre diciéndole algo a una dama que no conoce en la calle. Sin embargo, son muchísimos los tipos que siguen intentándolo. Esto denota que los hombres no tienen idea qué hacer para simpatizar a una mujer que se cruzan en la calle. Y ésa es la única conclusión posible a la que podemos llegar.
Ojo, no digo esto como una crítica a quienes piropean chicas en la vía pública sino como una realidad irrefutable. El hecho de saber que las relaciones amorosas rara vez comienzan con un piropo y la insistencia de los muchachos por seguir diciéndolos hace que los respete lo suficiente como para no cargarlos jamás. Una persona que dice un piropo es alguien capaz de desafiar al destino y a las probabilidades matemáticas. Los piropeadores son héroes contemporáneos (múscia de cierre con trompetas heróicas).